La Maldición del Fénix.

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Una historia escrita para el concurso Librería Siglo XXI de Zaragoza. Esta historia forma parte de una nueva serie de relatos en los que me baso en el universo de J. K. Rowling, siendo este el capítulo primero. La continuación irá saliendo de forma progresiva de manera mensual o bimensual. Espero que os guste.

Dos figuras caminaban pesadamente entre los pocos rayos de luz de luna que se podían filtrar por un cielo completamente encapotado de oscuras nubes negras. La noche se cernía imperante sobre nuestros protagonistas. La figura más grande ayudaba a caminar a la más pequeña apoyando con cariño una gran mano en su espalda.

– Tranquila, pronto llegaremos. – Dijo tratando de animarle en un último esfuerzo.

La figura pequeña hizo caso omiso y siguió caminando inalterable. El viento comenzó a azuzar en lo más alto del cielo llegando a tierra con gran fuerza decidido a impedir el avance de los dos encapuchados. A su vez, el viento despejó la niebla que los ocultaba y un hermoso puente de piedra blanca comenzó a brillar a la luz de la luna de manera magistral. Era de mármol completamente liso sin ninguna mota que ensuciara la blancura de su pureza. Paso tras paso luchando contra el feroz viento avanzaron por el majestuoso puente hacia el inmenso castillo que surgía poderoso y solitario de la ladera de la montaña. Llegando próximos a su destino el viento trajo consigo una voz antigua y susurrante que terminó junto con un relámpago rompiendo por unos instantes la secreta oscuridad de la noche iluminando todas las sombras que escondía. El trueno rugió pocos segundos después del destello. Este había caído cerca y además había hecho temblar el mismísimo puente.

– Debemos apresurarnos. – Volvió a decir la figura de mayor tamaño cogiendo esta vez a la pequeña por el brazo tirando con fuerza hacia delante y comenzando a correr por el puente.

El blanco mármol comenzó a mojarse por pesadas gotas de lluvia que caían sobre la piedra con gran y pesado estruendo. Primero fueron unas pocas, pero luego se convirtieron en un diluvio que cegaba la visión de los dos encapuchados. Sus pies resbalaban sobre el liso mármol y ralentizaba su carrera. El viento tornó por un instante en una profunda y grave carcajada que hizo temblar a la figura de mayor envergadura. Las nubes negras de tormenta parecían converger únicamente sobre nuestros dos protagonistas, y cargadas de electricidad se preparaban para escupir nuevamente un poderoso rayo, incluso más grande que el anterior, que esta vez acabaría con sus vidas. La luz se hizo en la torre más alta del castillo y una nueva figura se dibujó en medio de la gran ventana. Levantó el brazo sacándolo a merced del viento y la lluvia, y apuntó con su varita al cielo. Gritó algo que quedó inaudible por la fuerza de la tormenta y una cálida esfera roja salió de la punta de su varita flotando a velocidad vertiginosa en dirección al cúmulo de nubes negras. En cuestión de segundos chocó contra ellas haciendo que se iluminaran en tonos anaranjados centelleantes y cuando el bello espectáculo cesó, las nubes se disiparon completamente llevándose con ellas el viento y la lluvia. Quedó a consecuencia una preciosa noche de luna llena acompañada por el olor de la frescura del campo recién mojado. El encapuchado respiró aliviado y arrastrando nuevamente a su compañera avanzaron los pocos metros que les separaban del gran patio de entrada al castillo. La puerta se abrió a su llegada y entraron raudos. Tan pronto atravesaron el umbral, la puerta se cerró nuevamente con un sonoro crujido que a su vez cerraba lo que parecía una esfera de cristal invisible que servía de barrera mágica protectora al castillo.

– ¿Qué se les ofrece? – Dijo un duende de compañía que había aparecido de la nada justo a un lateral de los encapuchados.

– Quiero tener audiencia con el director. – Contestó la figura de mayor tamaño descubriéndose la cabeza y dejando ver un pelo rojizo casi anaranjado.

– Lo siento. – Dijo el duende lentamente. – El director cerró la escuela tras la gran guerra de los magos. Ya no recibe visitas. Váyanse a otro lugar, han perdido el tiempo.

– Creo que no me has entendido bien. – Dijo el pelirrojo sacando su varita. – Quiero que me lleves con Harry Potter. – Añadió apuntando directamente a la frente del duende.

– Es usted el que no lo ha entendido señor. – Dijo el duende mientras retrocedía algunos pasos. – Piertotum Locomotor. – Añadió dando un aplauso.

De pronto las inmensas estatuas de piedra que decoraban el patio interior empezaron a moverse y erguirse imponentes. Saltaron de sus podios y portando pesadas espadas y hachas se dirigieron hacia el pelirrojo y su acompañante. Los grandes golems hacían temblar el suelo con cada paso mientas se acercaban a los visitantes. El pelirrojo agarró con su brazo izquierdo el de su acompañante aún encapuchada y comenzó a girar sobre sí mismo en posición de defensa varita en mano. La puerta principal del castillo se abrió saliendo por ella un viejo de larga barba blanca y túnica marrón. El hombre movió su varita por encima de la cabeza. Las pesadas estatuas frenaron su avance y retrocedieron hasta el lugar que les correspondía volviendo a su posición inicial en sus podios quedando nuevamente estáticas e inertes. El viejo rodeó al pelirrojo y a la encapuchada contemplándolos en silencio.

– ¿Qué tal está Ron? – Dijo finalmente el viejo rompiendo el silencio.

– ¿Sabes quién soy? – Dijo el pelirrojo sorprendido.

– Reconocería a un Weasley a kilómetros de distancia. ¿Y tú Hugo sabes quién soy yo?

– Con esa cicatriz en la frente da igual el tiempo que pase o cuanto te escondas, todo el mundo sabrá que eres el gran Harry Potter.

El viejo Harry Potter lo examinó con la mirada y comenzó a acariciarse la larga barba blanca dubitativo.

– Y dime Hugo, ¿Qué te trae por Hogwarts? Fuiste de la última promoción de alumnos que se graduó en este colegio. No suele venir nadie desde entonces. – Dijo sin parar de acariciarse la barba. – ¿Cuánto ha pasado ya diez o doce años?

– Han pasado treinta años señor. – Contestó Hugo mirando al viejo director con preocupación.

– Ya me parecía raro que hubieras envejecido tan mal.

– ¿Cuánto hace que no se mira a un espejo? – Le replicó el pelirrojo.

– Te dejo la siguiente frase para que me entretengas y llames mi atención, si no es así te darás la vuelta y te irás como todos esos magos del ministerio que vienen a sermonearme. ¿De acuerdo? – Sentenció el director enarcando una poblada ceja plateada.

– Esto es lo que me trae hasta aquí. – Dijo señalando a la niña que aún permanecía oculta por su capucha.

– Lo siento, pero no voy a abrir Hogwarts por una sola alumna. Adiós Hugo Weasley diles a tu padre que pase a verme.

– Mi padre lleva treinta años en el Hospital San Mungo y usted que es su mejor amigo nunca lo ha ido a visitar. Pero eso es otra cuestión. – Contestó Hugo con voz dolorida. – Esta niña es especial, quiero decir, muy, muy especial. – Añadió sacando de debajo de su capa una jaula con un pájaro en su interior que sacaba humo por sus fosas nasales con cada resoplido.

Harry Potter abrió los ojos sorprendido.

– Hacía años que no veía un fénix. ¿De dónde lo has sacado? – Preguntó curioso el profesor.

– Lo rescate junto con la niña.

– ¿Quién es la niña? – Harry se mostraba cada vez más interesado en sus visitantes.

– Samantha, es Samantha Dumbledore. – Contestó finalmente el pelirrojo.

– Eso es imposible, los Dumbledore se extinguieron con las muertes de Albus y Aberforth. Lo que dices no es más que un engaño. Una falacia. No voy a dejar que me engañes con tal vil mentira. Vete por dónde has venido. De todos los que me han visitado del ministerio eres el que se ha inventado el mejor cuento hasta el momento ¡Y encima has conseguido hasta un fénix! Lárgate, no escucharé una palabra más de tu boca.

– Dígnate por lo menos a mirarla. – Dijo fieramente Hugo.

El director le quitó la capucha y contempló su rostro. La pequeña le miraba con ojos temerosos, pero a su vez poseía un poder en su mirada que solo lo había visto en una persona, en Albus Dumbledore, el antiguo director que le convirtió en el mago que es ahora.

– Y si es cierto que es una Dumbledore explícate porqué nadie lo ha sabido hasta ahora.

– Según tú, la estirpe de los Dumbledore acabó con Albus y Aberforth pero hay una cosa que ni siquiera el propio Albus conocía. Ariana, su hermana tuvo un hijo con un pastor muggle del Valle de Godric.

– Eso es imposible. Albus nunca dejaba de vigilar a su hermana Ariana. Si hubiera tenido un hijo lo sabría.

– Eso es cierto, pero no del todo. Albus abandonó a sus hermanos durante unos años cuando salió en la búsqueda de las Reliquias de la Muerte junto con Gellet Grindelwald. Fue en ese momento cuando ocurrió todo. Después del parto ocurrieron cosas raras, Ariana estaba desequilibrada y su amante ingenuo de lo que ocurría pensó que estaba poseída. Acabó por huir junto con el bebe lejos del Valle de Godric. Así sobrevivió la familia de los Dumbledore sin que ellos mismos lo supieran, viviendo entre muggles por décadas y décadas. Y por supuesto sin conocer su verdadera condición.

Harry levantó su varita y apuntó a la muchacha. La hizo bailar en el aire sutilmente mientras susurraba sin casi separar casi sus labios unas palabras inaudibles terminando con un seco, pero acompasado movimiento de muñeca. El anciano arqueó una ceja al ver que no ocurría nada.

– Vayamos dentro. – Dijo finalmente el viejo director haciendo un gesto en dirección a la puerta por la que había salido minutos antes.

Los tres magos acompañados del duende de compañía entraron a Hogwarts. Era la primera vez en años que había tanta gente en el viejo castillo. El duende no tardó mucho en perderse por Hogwarts volviendo a sus tareas dejando solos a los visitantes con Harry. Caminaron por largos pasillos de piedra bajo miradas curiosas de multitud de fantasmas que flotaban tristes y pensativos en épocas pasadas. Debían de recordar cuando aquel colegio bullía de pasos, voces, gritos y risas. De vida. A mano derecha quedó atrás un viejo salón, que ahora cubierto por una gris y gruesa capa de tiempo. Acompañado por candiles suspendidos en el aire e inertes como su propia llama, olvidando imperturbables que un día iluminaron lo que era uno de los comedores más majestuosos entre los que se habían erigido sobre la faz de la tierra. Caminando y caminando acabaron llegando hasta una gran puerta coronada por águilas. El viejo director no tuvo más que poner su mano sobre la fría piedra para que el águila cobrara vida y se moviera rotando sobre sí mismo para dejar paso a la escalera que ascendía como cual serpiente hasta el despacho que habían compartido todos los directores de Hogwarts desde el legendario Godric Gryffindor hasta el actual Harry Potter. El despacho olía a tumba. El director fue hasta un viejo armario y lo abrió con solemnidad. Una preciosa espada con empuñadura de largos rubís rojos como el fuego dormía tranquila en el fondo de aquel viejo armario. Harry la miró melancólico por unos instantes antes de extraer un objeto envuelto en un paño amarillento. Caminó hasta su enorme mesa bajo la mirada atenta de los anteriores directores. Quitó con cuidado el trapo y dejo ver un antiquísimo libro de pociones con el que los estudiantes practicaban en tiempos sus pócimas.

– ¿Ese simple libro nos va a ayudar? – Preguntó Hugo mirando pensativo a la niña.

– El hechizo que lancé sobre Samantha antes de entrar, era un hechizo de reconocimiento muy poderoso que no causó efecto. Solo hay un tipo de magia que puede pasar inmune frente a semejante hechizo. La magia ancestral, la más poderosa de todas.

– ¿Cómo la que te protegió a ti? – Preguntó el pelirrojo asombrado.

– Exactamente.

Harry abrió el libro y pasando las páginas con gran cuidado acabó dando con lo que quería. Una pequeña anotación escrita con mala letra en un margen de una página perdida que no tenía nada que ver con el tema.

– ¡Ajá! – Exclamó contento justo antes de repasar lo que ponía con detenimiento. – No es seguro que salga bien, hay un treinta por cien más o menos de que este hechizo resulte y nos de algo de luz sobre lo que nos esconde la niña. – Añadió con palabras pesadas el director.

El retrato de Severus Snape observaba sin perder un segundo de lo acontecido con una mueca en su rostro que podría entenderse por una desdibujada sonrisa. Harry volvió a apuntar con su varita a la niña y susurró nuevamente haciendo bailar la varita de manera sutilmente diferente a como lo había hecho antes. De repente una luz plateada envuelta en brumas salió de la punta y rodeó a Samantha. Giró sobre la niña hasta que poco a poco fue tomando una forma corpórea. Era la forma de Ariana. El retrato de Albus Dumbledore abrió los ojos como platos saliéndose casi de sus órbitas y trató de saltar de manera inútil fuera de su prisión de pintura.

– ¿Qué ocurre Albus, viejo amigo? – Le preguntó Harry mirándole.

– ¡Cesar con el hechizo, rápido insensatos! – Gritó desde el cuadro con las manos apoyadas en el lienzo como si de un cristal se tratara.

Harry paró el hechizo, pero era demasiado tarde. La figura cada vez más nítida de Ariana no desapareció, y, es más, comenzó a perder su color pálido blanquecino tornándose a unos colores rosáceos cálidos. Finalmente, Ariana se materializó al lado de Samantha.

– ¡Huir! – Gritó Albus desde su cuadro.

– Hola querido hermano, quien diría que volveríamos a vernos después de tantos años. Por lo visto mi maldición se acabó creando. Llegasteis tarde.

Ariana extendió una mano hacia donde se encontraba Harry y Hugo, y sin mencionar palabra, salieron despedidos hacia atrás hasta chocar con la pared que sujetaba los retratos de aquellos grandes directores.

– ¡Desmaius! – Gritó Hugo desde el suelo apuntando con su varita hacia Ariana.

No resultó eficaz.

– ¡Aresto Momentun!, ¡Hipnosis!, ¡Expulso!, ¡Finite!, ¡Immobulus!, ¡Impedimenta! – Gritó Hugo un hechizo tras otro al ver que ninguno hacia efecto.

– No podréis contra ella aún desarmada. Correr para salvar la vida. – Dijo Albus.

– ¿Cuán poderosa es tu hermana Dumbledore? – Preguntó la exdirectora Mcgonagall desde un cuadro torcido por el choque contra la pared, a la izquierda del de Severus Snape.

– No podréis detenerme, ya no. Nadie podrá hacerlo. – Dijo Ariana riéndose con voz desequilibrada.

– Ariana creó un hechizo que convertía a la sangre de su sangre en algo parecido a los Horrocruxes de Voldemort. – Explicó Albus. – Quiere destruirlo todo, tanto a los muggles como a los magos. – Añadió con voz temblorosa por los nervios.

– ¡Avada Kedavra! – Gritó Harry aún desde el suelo.

– No podréis vencer ni con eso a mí maldición del fénix. – Dijo Ariana volviendo a reír.

– ¡Accio Samantha!, ¡Accio Hugo! – Dijo Harry haciendo venir hasta él al pelirrojo y a la niña impulsados por una fuerza invisible. Acto seguido desaparecieron los tres del despacho dejando a Ariana sola.

Los tres se materializaron cayendo de forma estrepitosa contra un suelo de madera que crujió bajo su peso.

– ¿Dónde nos encontramos? – Preguntó Hugo rascándose la cabeza.

– En Grimmauld Place. – Contestó Harry.

– ¿Es posible que estemos en el legendario cuartel de la orden del Fénix que acabó con Lord Voldemort?

– Sí, así es, y ahora la volveremos a reconstruir. Presiento que Ariana será un peligro mayor que el propio Voldemort. Ahora esta niña es la máxima prioridad de la comunidad mágica, debemos protegerla. Debemos evitar a todo coste que Ariana complete su maldición y estoy seguro que Samantha es la clave de todo. Hugo necesito que vuelvas al ministerio y que busques el paradero de los miembros de la segunda orden que queden vivos. Yo mismo iré a buscarlos en persona estén dónde estén y cueste lo que cueste. Sin ellos me será imposible derrotar a Ariana. Nos estamos enfrentando al propio fin de los tiempos.

Y así fue como un viejo director volvió después de décadas al mundo de los magos saliendo de su asilo en el antiguo castillo de Hogwarts y fundando por tercera vez la legendaria Orden del Fénix para hacer frente a un nuevo mal que acechaba con destruir todo lo que era y había sido conocido hasta el momento. Una nueva aventura se iba a suceder y Harry necesitaba la ayuda de sus viejos compañeros, ¡La mejor promoción de magos que había tenido Hogwarts en toda su historia!

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