Cipreses y estrellas.

¿Qué ocurre cuando tratas de sintetizar el romanticismo con la prosopopeya en un único relato? Léelo y lo sabrás. ¡Espero que os guste mi nuevo experimento!

La noche tapaba con su frío manto celeste el cielo que tanto admiraba Raúl. Solo,  pocas veces,  muy rara vez, una leve ráfaga de viento levantaba entre los más valientes soldados del verde césped una rápida ola que se extendía hasta los esbeltos cipreses que protegían las fronteras de aquel campo santo.

Raúl se mordía la lengua con el labio tratando de concentrarse. Frente a su lienzo esgrimía con su vieja y temblorosa mano un fino pincel de pelos de un corcel casi tan viejo como él. Dos rápidas pinceladas superadas por tres nuevas pinceladas promovidas por una muñeca curtida de historia. Tantos años pintando que ni se acordaba cuando cogió por primera vez una paleta. Con ojos desgastados, pero mirada fiera observó como habían quedado sus preciosos cipreses acariciándose dubitativo su nívea barba teñida por los mismos colores que yacían mezclados mudos en el silencio de su mano. Dejó de morderse la lengua y recitó con voz solemne:

Cipreses que os levantáis
vigilantes y orgullosos,
más, aunque no sois hermosos
junto a los difuntos estáis,
siempre erguidos y amorosos.

La austeridad es vuestro lema
y la humildad es el reclamo,
que hace del criado o el amo
para la muerte el mismo tema,
cuando a la tumba llegamos.

Seguiréis cuando no estemos
igual que os conocimos,
porque junto a vosotros crecimos
más, con indiferencia pasamos,
sin mostraros lo que sentimos
cuando a la tierra lleguemos.

Acto seguido se sentó sobre una gélida lápida de mármol blanco cuyo nombre una tupida capa de musgo rebelde se atrevía a tapar. El anciano pintor sacó del bolsillo interior de su chaleco una pipa de pesado roble, y con un movimiento casi ritual olió sus años. Tras ello la sujetó firme con sus arrugados labios. Del bolsillo de su pantalón de pana extrajo una caja de hojalata plateada que sonriente devolvió juguetona el brillo a la imperante luna. Con una uña manchada de tonos rojizos y añil empujó la parte superior de la inocente cajita, lentamente y sin lamentarse de su inevitable temblor. Con la misma mano cogió de su interior el justo y suficiente tabaco que le permitiría fumar mirando las infinitas estrellas. Bocanas de humo blanco salían guiadas por el mezquino viento engañadas a separarse y nunca más juntarse. Raúl una vez más se preguntó; ¿Cuál de todas aquellas estrellas sería la más bella? Medio siglo llevaba viniendo al mismo cementerio, todos los domingos desde los últimos cincuenta años. Nunca había encontrado su musa celeste, pero eso no le impedía añadir una estrella más al manto que coronaba el cielo de su cuadro ¡Oh! Exclamó acompañado con un leve brillo en sus ojos zafiros. Rápidamente apagó su pipa ¡Había encontrado a su musa! Una única estrella escondida entre sus hermanas gemelas. Imposible de señalar entre infinitas, imposible de describir entre iguales. Pero ella fue la única que le hizo brillar con dulzura y amor, su mirada resplandeció con el mismo brillo que tenía ella. El anciano pintor grabó la imagen en su mente y sonriente volvió junto a su viejo e inseparable amigo, el mismo que siempre le había sostenido sus lienzos infatigado desde aquel olvidado primer momento. Con una mano cogió la paleta y con la otra su corazón. Agarrándolo con fuerza recitó sonriente:

Los relojes llevan la misma cadencia,
Y las noches tienen las mismas estrellas.

En cuando la última palabra fue ahogada por el silencio no esperó más para armarse con su pincel. Su enérgico movimiento final fue frenado. ¿Qué es eso? Pensó mirando una mancha oscura que ensombrecía la que iba a ser su mayor obra. Raúl no erra, no duda, su pincel siempre acierta ¡Nunca lo había traicionado! Entonces ¿Qué era aquello? Suavemente se humedeció la yema de su dedo y lo acercó tratando de volver la perfección a esa miserable imperfección. Más consiguió que le insultara y se acercara. El anciano temeroso de perder a su musa la retrató con cariño en su trono de reinas. Devolvió la mirada al extraño que invadía sin permiso su obra y lo que vio hizo que se le parara la respiración. La mancha crecía convertida en un ser del que en otra tierra, tiempo o vida huiría. Seguía avanzando sobre el prado de césped congelado en una eterna ola. Rostro huesudo, cuencas vacías. El anciano levantó la vista de su último cuadro y allí lo vio. – Estoy listo. – Dijo sereno contemplando como la más bellas de las estrellas iluminaba su obra por fin terminada. La muerte le acarició la mano con el que sostenía el pincel agarrándola con ternura. Y se lo llevó.

Blibiografía: 

Poema cipreses.  Autor: Joanmoypra.

Segundos versos: Fragmento del poema “Madrigal” de Federico García Lorca.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: