La Isla del Demonio.

Este relato no se parecerá a ninguna otra típica historia de piratas. Sin sentido tras sin sentido se va construyendo una trama, la más absurda y descabellada que he escrito hasta la fecha ¡Espero que os guste!

LA ISLA DEL DEMONIO.

Una simple corbeta surcaba veloz el inmenso océano impulsada únicamente por el viento de poniente. Poco a poco dejaba atrás un gran navío de imponentes velas negras que habían sido testigos de no pocas batallas. 

—¡Arribad las velas grumetes de agua dulce!

—Señor Malan Drín si nos acercamos mucho más a la isla del dragón podemos tener problemas.

—Necio timonel, ¿pretendes ignorar mi orden o acaso quieres amotinarte?

—Lo siento señor, solo es que…

El capitán ignoró completamente a su subordinado y descendió dejando atrás el timón. Una vez en cubierta examinó como sus fieros tripulantes se preparaban para una de las peores batallas que verían estas aguas. No solo les estaba persiguiendo su terrible enemigo, el pirata Chris Pasión, sino que también su existencia peligraba por la inmediata cercanía e incluso cada vez más próxima de la isla donde reinaba con garras y fuego la terrible dragona milenaria Atseis.

En el horizonte se dibujó la empinada isla del Demonio. Coronada por la guarida de su sangrienta protectora. No cabía imaginar cómo era posible que una mancha tan pequeña pintada en medio de un lienzo de doble azul podía llegar a ser tan peligrosa. 

Tanto el valiente navío como la tímida corbeta cruzaron el linde que dominaba Atseis. 

—Finalmente llegaremos —susurró Malan Drín sin intención alguna de ser oído. 

—Capitán, los hombres empiezan a inquietarse. —Su teniente interrumpió las cavilaciones del pirata. 

—Tranquilo maese Preoc Upación, recuerde el dicho; El que veló, sondó y desconfió, jamás se perdió. Ahora llame al contramaestre, he de hacer una proclama antes de que sea demasiado tarde. 

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Chris Pasión salió de su camarote con su espada en mano, conocida en todo el mundo de la piratería como la «mata dragones». Era larga y esbelta, se lucía invicta y valerosa, era la única espada que se atrevía a retar al mismo Sol reflejando sus rayos. Temida por sus enemigos, odiada por sus víctimas. Siempre sedienta de sangre. 

—Hoy beberás pequeña —le dijo su dueño acariciando con cariño su dorso—. E incluso quizás pruebes algo más que sangre de la dragona.

Con una risa perversa Chris Pasión llamó la atención de su tripulación. Una vez que solo le atendían a él dejó de reír. 

—¡Hoy escupirán nuestros cañones y gritarán nuestras espadas! No quiero que ningún hijo de mala madre se atreva a desertar. Ni Poseidón ni el mismísimo Davy Jones podrán salvaros. Despedazaré vuestros insignificantes cuerpos para alimentar las ratas de la bodega y los miserables restos que no quieran los hundiré repartidos entre los siete mares. ¿Me habéis entendido?

—¡Sí capitán! —rugieron al unísono sus subordinados.

—Echad el ancla —ordenó Chris. 

Su leal timonel, pese a tener brazos y piernas de madera obedeció raudo. El hombre más árbol que persona se consideraba a si mismo parte del barco, una parte más del timón. Una vez que la pieza ferrosa chocó inevitablemente contra el lecho marino se procedió al siguiente paso.

—Despertemos a Atseis de su siesta. ¡Apuntad con nuestro bebé!

Entre ocho fornidos bucaneros lograron mover la pesada manivela que activaba con chirriantes lamentos metálicos la plataforma giratoria del inmenso cañón que no solo decoraba la proa, sino que también servía para hundir hasta al más osado enemigo.

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—Tráeme el cofre —ordenó Malan Drín a uno de sus camaradas.

—Lo siento capitán, pero Abs Temio está demasiado borracho —contestó otro tripulante.

—Pues ve tú mismo.

—¿Traigo el del hombre muerto?

—No joder, el otro. 

El grumete Nova Toh obedeció tan presto como nervioso por el ligero tono amenazante de su capitán. Regresó a cubierta jadeante cargando con sendos brazos el pedido. 

—Aquí tiene señor —le dijo mientras se lo tendía.

—¡Desembarquemos pues!

Todos y cada uno de los piratas se montaron en pequeños botes de diversos tamaños rumbo a la isla del demonio. Lugar de donde nunca ha regresado nadie. Un potente cañonazo rompió con su estallido la quietud de la tranquilidad de las olas. No había cañón igual en el mundo, ahora sí que estaban completamente seguros. 

—No hay duda, es el pirata Pasión, Chris Pasión —se maldijo en voz alta Malan Drín. 

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«¡BUUUM!» Se escuchó cuando el proyectil impactó contra lo alto de la montaña. En el lugar exacto donde descansaba la dragona. Frente a semejante estruendo levantó lentamente sus párpados descubriendo bajo ellos dos ojos verdes como esmeraldas. Su enfado no vino por ver un tercio de la guarida destrozada, su terrible desagradó llegó en el momento en el que se atrevieron a importunar su pacífico sueño.

—¿Quién tiene los huevos tan grandes de despertarme de mi siesta? —rugió Atseis. 

Bramó tan fuerte que hasta en el navío del capitán Chris Pasión, bien entrado en la mar, pudieron percatarse de su nada bienaventurado despertar. 

Atseis se levantó de su lecho de gemas preciosas, oro y plata. El tesoro más grande jamás reunido. Ansiado conseguir por Felipe II de España, soñado poseer por Eduardo VI de Inglaterra, y no menos deseado por Juan III de Portugal y Carlos IX de Francia. Todas las grandes monarquías del momento buscaban añadir un par de piedras más a sus coronas. Pero ni las armadas de Felipe, Eduardo, Juan o Carlos habían conseguido arrebatárselo. 

—Hoy desayunaré sabrosa carne de ingenuos navegantes —dijo la dragona dirigiéndose hacia el boquete que había dejado la bola del inmenso cañón. 

Estiró la cabeza todo lo que le permitió su largo cuello y escupió una bocanada de fuego de infinitos colores bermejos, azafranados e índigos. Las rocas que rodeaban a la dragona quedaron al rojo vivo tras la poderosa llamarada. 

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Tanto Malan Drín como sus hombres vieron la columna de fuego que brotó de la cima de la montaña. Arribaron sus botes en una pedregosa playa cercana. Con exorbitados temblequeos alimentados por pavor y empujados por sumo terror fijaron las pequeñas embarcaciones en la costa.  Poco a poco fueron viendo que las blanquecinas rocas de la playa en realidad eran viejos cráneos relucientes por las incesantes caricias de las olas. ¿Cuántos insensatos se habrían atrevido a tratar de robar el tesoro de la bestia? Ninguno de los piratas quiso cerciorarse contando los restos.  ¿Cuántos habían logrado salir de ella? Nadie. Si su plan fallaba, pasarían no solo a perder los últimos diez años que habían tardado en planificarlo, sino que también decorarían con sus huesos las playas de la isla del Demonio.

—¿Capitán qué haremos ahora? —preguntó el grumete Inqui Eto. 

—Lo más seguro es que nos coma la dragona… No, espera, el pirata Chris Pasión nos hará trizas… No, seguro que Atseis nos convierte en brochetas de ceniza… —se adelantó a contestar el teniente Preoc Upación. 

—Tranquilos, todo saldrá bien. Ahora cruzaremos la selva y empezaremos a ascender por la montaña como planeamos —ordenó Malan Drín.

—De acuerdo señor —contestaron al unísono varios hombres.

Cargaron grandes sacos vacíos y con no más que algún machete, se adentraron en la selva. En la isla vivían más criaturas a parte de la dragona. El ascenso prometía ser tan difícil como peligroso. Ya había sido toda una hazaña haber superado la playa sin perecer frente a Atseis, pero el riesgo que corrían sus vidas ascendía según subían por la pendiente de la montaña. 

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—¡Apuntad a la corbeta! —ordenó Chris Pasión. 

Sus ocho subordinados encargados del cañón volvieron a agitarse moviendo la palanca hasta que la boca de la devastadora arma apuntaba hacia el tímido barco. 

—¡Disparad!

Con una sola bola del cañón la dócil embarcación saltó convertida en astillas partiéndose en multitud de trozos de madera húmeda que se fueron perdiendo en las profundidades del mar. La preciosa sirena de roble rojo de la popa, la querida escultura que alimentaba con sus curvas la visión de los piratas de Malan Drín quedó irreconocible flotando entre las agitadas lágrimas saladas. 

La tropa de rufianes de Chris Pasión puso rumbo a la cadavérica playa. Portaban todo un arsenal compuesto por mosquetes, pistolas, arcabuces, alfanjes, dagas, espolones, hachas y muchas más armas. Cuadriplicaban en número a los piratas de Malan Drín. Estos habiendo sido acorralados entre la espada y la pared, o mejor dicho entre la espada y la bestia, no tenían ni medio para huir ni para sobrevivir. Chris Pasión se relamía ya victorioso. Por fin iba a acabar con ese sucio intento de pirata que le estaba jodiendo su negocio en la isla Tortuga. —El Caribe es solo mío —dijo para sus adentros el capitán. 

Desembarcaron en la misma costa que poco tiempo antes lo habían hecho los ratones que estaban persiguiendo. Inutilizaron todos sus botes. Una vez más, asegurándose de que no podrían escapar de su red. Con poco esfuerzo vieron el notable rastro que habían dejado al adentrarse en la selva poniendo rumbo tras sus huellas. 

Chris Pasión fantaseaba con que si los piratas de Malan Drín conseguían hacerle el suficiente daño a Atseis antes de que los devoraran. Ellos mismos podrían acabar su trabajo y quedarse con todo el botín de la dragona, atesorado desde tiempos de los Anasazi, mucho anteriores que los Incas o los Aztecas. 

Alimentado por esa idea lanzó a sus hombres motivándolos hacía la victoria y la fortuna. 

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Cinco hombres corrían despavoridos perdiéndose entre las palmeras, otros tres se agarraban las rodillas temblando de miedo en el suelo. Un grupo encabezado por el capitán Malan Drín hacía frente a un hámster de dimensiones sin igual. Con feroces dentelladas de sus dos largos dientes cuadrados, era completamente incontenible. Tiraban lazos que atrapaban su peludo cuello, pero este con un simple movimiento derribaba a sus captores zafándose de la trampa. Con palos trataban de controlarlo, absurdamente, ya que con un rápido zarpazo los partía volviendo a dejar indefensos a los piratas.

—¿Qué hacemos capitán? —preguntó Inqui Eto.

Malan Drín pensativo sin saber bien como obrar no pudo contestar.

—¡Venir por aquí! —anunció gritando uno de los piratas huidos hace varios minutos.

El capitán sin opciones dio la orden de seguirle. El hámster era demasiado enemigo para ellos. 

—Da igual aquí que allí… Nos devorará… ¡No!, nos usará como juguetes… ¡No!, se afilará los dientes con nuestros huesos y luego se comerá nuestros sesos.

—¡Cállate ya Preoc Upación! —le silenció el capitán mientras corrían perdidos fuera de la senda que ellos mismos estaban creando.

El capitán no perdía de vista a Nova Toh, el grumete que se había hecho cargo de transportar el cofre durante todo el camino. Si lo perdía sería el fin de su empresa, ahora mismo, ese simple muchacho, era la persona más importante de toda la banda. 

La selva se abrió desapareciendo las palmeras que la rodeaban. Llegaron a un amplio claro el que solo había girasoles tan grandes como casas, ni una cueva, agujero o refugio donde esconderse.

—Moriremos aquí. Ya lo sabía yo, lo dije, ¿Veis como os lo dije?, ¿Os acordáis? Lo sabía. ¡Si es que lo sabía! —dijo el teniente Preoc Upación con miradas huidizas examinando las antinaturales plantas.  

—¡Eres un genio! —alabó Malan Drín a su camarada Bravu Cón, el que había sido el primero en huir del hámster y encontrar el claro—. ¡Recoged todas las pipas que podáis! —ordenó agarrando las que tenía bajo los pies. 

El pirata Abs Temio seguía tremendamente borracho y cuando cogía la tercera pipa se le caían las dos anteriores cerrando un ciclo sempiterno de inutilidad.

La bestia hizo su entrada en el claro partiendo con suma facilidad dos robustas palmeras. Dando un gran salto posó sus cuatro patas sutilmente sobre el tierno césped sin dañarlo apenas. Malan Drín dando tres decididos pasos en dirección al hámster llamó su atención, quien le mostró agresivo sus dos afiladas palas rectangulares. El capitán siguió con su paso recto hasta colocarse a una distancia tan cercana que podía acariciarle la cabeza. Lentamente extendió sus brazos y ofreció una gran pipa al roedor, este desconfiado primero la olfateó con rápidas inspiraciones sucesivas, luego abrió la boca mostrando todos sus afilados dientes. Malan Drín cerró los ojos pensando que hoy sería el día en que su mano pasaría a convertirse en un garfio. Si sucedía no quería verlo. El hámster agarró la pipa con sus patas delanteras y se sentó con un gran estruendo. Sin que casi se notara el paso del tiempo, peló y se comió la pipa dejando caer al suelo las dos partes de la cáscara. La bestia contempló al capitán olfateándolo con curiosidad.

—Darme más pipas —ordenó Malan Drín a sus hombres sin elevar la voz, además de que para dirigirse a ellos ni siquiera se atrevió a dar la espalda al inmenso.

Pasaron varios minutos dando pipas al hámster que las devoraba una tras otra sin darles apenas tiempo a recoger más. Una vez saciado se tumbó frente al capitán colocando sus ojos a la misma altura que los suyos.  Malan Drín valeroso se atrevió a acariciar su suave cabeza evitando rozar sus largos bigotes. La bestia cerró los ojos mostrándose complacido. 

—Hemos conseguido amansar la fiera, podemos continuar —indicó el capitán retomando la marcha.

Sus hombres obedecieron y regresaron a la selva, pero sorprendentemente el hámster gigante no se quedó allí descansando, se le unió a la marcha situándose en primera línea junto a Malan Drín. 

—¿Acaso quieres acompañarnos a ver a la reina de la isla? —le preguntó el capitán.

El roedor asintió bajando y subiendo lentamente la cabeza como si comprendiera las palabras del capitán.

—¿Puedes entenderme?

El hámster volvió a asentir de la misma forma.

—¡Oh! —exclamó Malan Drín—. Pues necesitarás un nombre. Uno apropiado que haga honor a tu poder y fuerza. 

El capitán pensativo no daba con ninguno que cubriera semejante requerimiento. 

—Contramaestre List Illo, te encargo el deber de ponerle un nombre que haga justicia a nuestro nuevo amigo. 

—Quizás un nombre en nuestra lengua materna, uno poderoso e importante como es el de Oratmah —sugirió el contramaestre. 

—¡Suena genial! —aceptó Malan Drín contento—. Te bautizo como el hámster Oratmah. 

El roedor emitió un chillido agudo pero enternecedor. Le había gustado su nuevo nombre. 

De esta forma, la tripulación del pirata Malan Drín junto con su nuevo amigo, el gigantesco hámster Oratmah, retomaron su camino hacia la guarida de Atseis. 

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La banda de Chris Pasión se detuvo en medio de la selva perdiendo el rastro de los piratas de Malan Drín.

—Capitán, aquí ha habido una feroz batalla. Hay palmeras partidas y las huellas de los hombres se desperdigan por toda la selva. Estoy seguro que se han topado con una bestia tan terrorífica como letal y han huido. ¿Les perseguimos? 

—No, conociendo a Malan Drín ya estarán muertos, será una pérdida de tiempo. Como mucho habrán sobrevivido los más cobardes o los más veloces de sus hombres, pero solos, en esta isla, no tardarán en perecer frente a otra temible criatura. Prosigamos, hoy será un glorioso día para nuestra banda, nos haremos oír en el mundo entero. Nos conocerán como los piratas que acabaron con la dragona Atseis, nadie se atreverá a cruzarse en nuestro camino. Además, claro está que cuando robemos todo el tesoro de la dragona seremos inmensamente ricos y podremos comprar cualquier monarquía. ¡Tiembla Felipe II, voy a hacerme con tu trono! —acabó riendo macabramente el capitán Chris Pasión.

La banda siguió ascendiendo sin encontrar peligro o riesgo alguno que pusiera en desgracia su camino. Cosa que no quitaba que el ascenso por la pendiente de la montaña fuese arduo y peliagudo. Había zonas donde la pendiente era prácticamente perpendicular al suelo y su escalada resultaba muy resbaladiza. Varios piratas se precipitaron al vacío perdiendo la vida. Otro inconveniente era la gran cantidad de armas y munición que transportaban. Les hacían pesados, más de lo que soportaba la frágil pared de rocas.

Muchas se partían o se desprendían provocando más caídas a la muerte segura. 

Solo una tercera parte de toda la tripulación llegó a la puerta del templo de la dragona. Cargaron sus armas, prepararon sus espadas y entraron gritando como una estampida de reses. Allí les recibió Atseis mirándolos con sorprendente tranquilidad. 

—¿Sois vosotros los que habéis atentado contra mi descanso? —preguntó la dragona con un dulce rugido. 

Ninguno respondió ni esperó señal de su capitán. Abrieron fuego al momento de ver a la dragona. Balas y pernos que no le causaron más daño que un mosquito a un humano impactaron contra el pecho, cabeza y alas de la dragona. Esta suspiró emitiendo una pequeña bocanada de humo negro por la comisura de sus labios. Su tripa se iluminó frente a los ojos de pánico de sus atacantes. El brillo ascendió por su pecho y garganta hasta que abrió sus fauces escupiendo una enorme llamarada que asoló la habitación convirtiendo a todos los piratas en pequeñas montañitas de ceniza. Atseis se giró preocupada para comprobar que su oro no había quedado dañado por el calor del fuego. Había veces que se entusiasmaba demasiado y derretía algún lingote o doblón, reduciéndolos a una pasta brillante. Pero esta vez no había sido así, se había contenido y su querido tesoro había quedado intacto, algo humeante, pero intacto. 

—Ahora solo falta limpiar —dijo en voz alta pese a que no había nadie que pudiera oírla.

Sopló creando un pequeño remolino que expulsó fuera de su templo los restos de sus invasores. Desperdigándolos y dejándolos a merced del mezquino viento que se los llevó para nunca más volverlos a juntar. 

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Los piratas de Malan Drín llegaron al pie de la montaña sin problema alguno. Todas las bestias que se encontraron a su paso fueron repelidas por Oratmah sin molestia. Habían hecho un verdadero amigo, toda la tripulación estaba en deuda con el roedor. 

Se encontraron numerosos cuerpos sin vida de sus perseguidores diseminados por toda la zona.

—¿Qué clase de criatura ha podido hacer algo así? Seguro que un glifo. ¡No!, una quimera. ¡No!, una arpía. ¡No!, seguro que ha sido…

—Tranquilo Preoc Upación, se han caído de la montaña, nada más —le cortó el contramaestre List Illo. 

—Claro que se han caído, mirad cómo están sus cuerpos. Cabezas abiertas, brazos torcidos, huesos salidos. ¡Alguno tiene hasta la cabeza del revés! —secundó el capitán.

—Es verdad, es verdad. Lo sabía, no me habéis dejado decirlo, pero lo sabía —añadió el teniente. 

—Va a ser una escalada muy difícil, a partir de aquí continuaré yo solo.

—¡Pero capitán! —exclamó Abs Temio.

—Tu cállate, llevas borracho todo el día —le reprimió Malan Drín. 

—¿Está seguro de querer hacerlo solo? Será peligroso —añadió el grumete Nova Toh.

—¡Joder! ¿Estáis sordos? Que no quiero que me acompañéis, iré solo.

—De acuerdo capitán —accedió su tripulación cohibida. 

Malan Drín agarró el cofre que llevaba Nova Toh y empezó a ascender por la montaña.

De repente Oratmah con un chillido saltó y se colocó a su lado. 

—¿Qué ocurre? —le preguntó el capitán.

La bestia se agachó ladeando su lomo con la intención de que el pirata se subiera encima. 

—Ya veo lo que quieres, pero ¿estás seguro de que podrás?

El hámster asintió emitiendo un suave suspiro. Malan Drín se montó y juntos empezaron retomaron el ascenso. Las uñas de la bestia se agarraban perfectamente sobre la pared pedregosa, la cual crujía y se despendía al mínimo toque del gigantesco roedor. Daba igual, ya que con sus enormes saltos iba de un lado a otro de la montaña saltando antes de que se viniera abajo. El capitán sí que lo pasó algo peor que su amigo. Con todas sus fuerzas estaba agarrado al pelaje del lomo, temiendo que fallara alguno de sus saltos, pero peor era el miedo a que se le resbalara el pequeño cofre que guardaba bajo su brazo. De la presión que hacía su mandíbula, un colmillo se le desprendió sin darse cuenta por la cada vez más alta adrenalina. Oratmah con un último esfuerzo se postró desfallecido frente al pórtico del templo de la dragona. 

—Muchas gracias amigo —le agradeció Malan Drín.

El hámster se limitó a mirarle complacido relajando poco a poco su alterada respiración. Una vez se recuperó entraron pata con pie, juntos en la guarida. Allí volvió a recibirles Atseis, la reina alada. 

—¿Aún quedáis más cachos de carne? —preguntó la dragona sin importarle la respuesta.

Atseis empezó a preparar una nueva llamarada calentando su válvula de fuego interno. 

—Espera, por favor —pidió Malan Drín mostrándole el pequeño cofre.

—Es raro que alguien me traiga tesoros, lo habitual es que vengan a robármelos. Si me gusta tu regalo quizás te permita seguir con vida. 

El capitán dejó el cofre en el suelo y con sumo cuidado lo abrió cogiendo de su interior algo envuelto por suaves trapos de algodón. La dragona acercó curiosa su cabeza tratando de descubrir que era la ofrenda. El silencio imperaba en el templo sin que ninguno de los tres protagonistas presentes se atreviera a romperlo. Malan Drín poco a poco y con mucho cuidado fue desenvolviendo el regalo. Tirando los trapos al suelo descubrió una preciosa gema de forma ovalada y de color esmeralda como las pupilas de Atseis. La dragona abrió sus ojos de par en par. Rugió con fuerza soltando una ligera bocanada de humo blanco. 

—¿Cómo es posible? —exigió saber al capitán.

—Lo encontré hace diez años cuando navegaba en el Índigo, y desde el primer momento que lo vi supe que las leyendas eran ciertas.

—Tan lejos… nunca pensé que habría llegado hasta allí. 

—Así es y se lo he traído sabiendo lo mucho que deseaba volver a reunirse con él.

Malan Drín se lo ofreció haciendo una reverencia.

—Mil años desde que me lo arrebataron. ¿Cómo te llamas humano?

—Soy el capitán Malan Drín —contestó orgulloso. 

La dragona con sus colmillos agarró con cuidado la gema y la depositó bajo su ala en un lecho de monedas de oro. 

—Hace siglos que dejé de pensar en que volvería a ver a mi bebé —añadió Atseis.

—Ahora con el fuego de su madre por fin podrá nacer, lleva muchos años esperándola.  —Y yo a él.

La dragona empezó a generar fuego en su interior transmitiendo el calor a su huevo. La gema empezó a brillar con fuerza resplandeciendo con intensidad. Poco a poco fueron creándose pequeñas rajitas en su cáscara que crecieron cristalizándola hasta que estallaron convertidas en polvo verde. En su lugar quedó un pequeño dragón que estiró, por primera vez en su vida, sus membranosas y endebles alas. Atseis se apresuró a relamerlo con su lengua bífida, el bebé respondió con un pequeño ronroneo. 

—Te lo agradezco mucho humano. Me has traído el único tesoro que no he logrado encontrar. A cambio de tu ofrenda no solo te vas a ir con vida, sino que te voy a permitir llevarte todo el oro, la plata y gemas preciosas que puedas cargar en tu barco. Podré conseguir más tesoros, pero nunca más lograré engendrar otro dragón. 

El capitán agradeció el favor de la reina alada. ¡Su plan fue todo un éxito! Diez años habían pasado desde que era un simple comerciante y le dieron como pago aquella misteriosa gema que le empujó a meterse en el mundo de la piratería, formando la banda con la que ha vivido tantas aventuras. 

Los piratas de Malan Drín pasaron varios días llevando tesoros desde el templo de la dragona hasta el navío del ex capitán Chris Pasión, ahora vacío. Con sus viajes poco a poco fueron haciéndose amigos de la dragona. Fueron testigos de cómo el bebé dragón crecía a pasos agigantados de un día al siguiente. En tan solo dos días era tan grande como una vaca, al final de la semana ya superaba en tamaño a un elefante. A las dos semanas ya había vuelto a doblar su tamaño, aunque ya empezaba a crecer más lento. Aun no era nada más que un niño, le faltaba mucho para alcanzar la envergadura y semblante de su madre. Eso sí, las llamaradas que emitía jugando con los piratas ya no eran meras chispas de pedernal, podía derretir con facilidad el oro. 

Llegó el domingo de la tercera semana, hoy terminarían de llenar la bodega del navío y dejarían atrás la isla del Demonio para nunca más volver. Antes de marchar subieron una última vez al templo, ya no querían más tesoros, iban a despedirse de su amiga. La dragona nunca antes había conocido a individuos semejantes. Desde hacía años, huy años, centenas de ellos, había dejado de creer en el ser humano. Para ella solo eran criaturas viles y mezquinas. Había comprendido que pese a poseer la sabiduría adquirida en milenios de experiencias y vivencias, siempre cabía espacio para el error. 

Con lágrimas de cariño, respeto y amistad se despidieron para nunca más volverse a ver. Antes de que pudieran bajar del templo, el bebé dragón revoloteando sobre sus cabezas les interceptó. Seguido de su madre que se colocó junto a ellos guarecida por el pórtico. 

—Humanos, creo que no os iréis solos, mi hijo quiere ir a vivir aventuras con vosotros. Llevároslo, pero prometerme que volveréis a visitarme.

—Lo haremos Atseis, cuenta con mi palabra de capitán —contestó Malan Drín con huidizas lágrimas brotándole de los ojos.

Este no fue el final de su historia, nada más lejos. ¡Fue el inicio de una nueva vida de aventuras! El comienzo de la leyenda del gran pirata Malan Drín y su banda de fieros bucaneros que fue recordada por el paso de los años y de las épocas, hasta el día de hoy en el que os la estoy contando. 

FIN

2 comentarios sobre “La Isla del Demonio.

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  1. Me ha encantado, no me he parado de reír. Está genial! En cuanto he pillado el nombre de la dragona me he dado cuenta del hámster, muy buenos! Me han entrado ganas de seguir leyendo las aventuras de esos piratas jajajajajaja

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