Cuento; Caperucita Roja. Versión de los hermanos Grimm de 1812.

Traducción del cuento por: Helena Cortés Gabaudan (2019).

Érase una vez una dulce muchachita a la que todo el mundo quería solo con verla, y la que más su abuela, que ya no sabía que más darle a la niña. Una vez le regaló una caperuza de terciopelo rojo y como le quedaba muy bien y ella ya no quería ponerse otra cosa, ya solo la llamaban la Caperucita roja. Y un buen día su madre le dijo: «Ven, Caperucita, aquí tienes un pedazo de pastel y una botella de vino, vete a llevárselo a tu abuela, porque está enferma y muy débil y seguro que esto la reconforta; sé buena y educada y salúdala de mi parte, ve también caminando con compostura y sin salirte del camino, porque te caerías y romperías el cristal y ya no tendría nada la abuela.»

Caperucita le prometió a su madre que sería muy obediente. Pero la abuela vivía fuera, en el bosque, a media hora del pueblo. Y cuando Caperucita llegó al bosque, se encontró con el lobo, pero como Caperucita no sabía lo malvado que era, no tuvo miedo de él. «Buenos días, Caperucita.» — «Muchas gracias, lobo.» — «¿A dónde vas tan temprano, Caperucita?» — «A casa de mi abuela.» — «¿Y qué llevas debajo de tu mandil?»— «La abuela está enferma y débil, así que le llevo pastel y vino, ayer amasamos, y eso le dará fuerzas.» — «Caperucita, ¿dónde vive tu abuela?» — «Todavía a un buen cuarto de hora de aquí, en el bosque, debajo de los tres robles grandes, allí está su casa, es la que tiene debajo los setos de nogal, seguro que ya sabes», dijo Caperucita. El lobo pensó para sí, ‘vaya bocado tan suculento para ti, a ver cómo te las ingenias para conseguirlo’: «Escucha, Caperucita —dijo— ¿no has visto qué flores tan bonitas crecen por el bosque?, ¿por qué no te paras a mirar un poco a tu alrededor?, yo creo que ni te estás enterando de lo bien que cantan los pajaritos, ¡vas caminando igual de ensimismada que si estuvieras en el pueblo camino de la escuela, cuando es tan divertido todo lo que hay ahí adentro en el bosque!»

Caperucita abrió los ojos y vio cómo penetraba el sol a través de los árboles y lo lleno que estaba todo de flores. Y entonces pensó: ‘vaya, si le llevo a la abuela un ramo de flores, también eso le gustará, todavía es temprano y podré llegar a la hora prevista’, y se internó en el bosque y se puso a buscar flores. Y cuando acababa de coger una, entonces le parecía que algo más allá había otra más bonita y corría a por ella y cada vez se internaba más y más en el bosque. Mientras tanto el lobo iba derecho a casa de la abuela y llamaba a la puerta. «¿Quién anda ahí?» — «Caperucita, que trae pastel y vino, ábreme.» — «No tienes más que apretar el picaporte —replicó la abuela— porque yo estoy demasiado débil y no me puedo levantar.» El lobo presionó el picaporte y la puerta se abrió. Entonces entró, se abalanzó sobre la cama de la abuela y la devoró. Luego cogió los vestidos de ella, se los puso, se colocó su gorrito en la cabeza, se tendió en la cama y corrió sus cortinas.

Caperucita, por su parte, había estado corriendo de flor en flor y no fue hasta que tuvo un ramo tan grande que ya no era capaz de sostener ni una flor más cuando por fin se puso en su camino hacia la casa de su abuela. Cuando llegó, se encontró la puerta abierta, lo que le sorprendió mucho, y cuando entró en la alcoba todo se le antojó muy raro allí dentro, al punto de que pensó para sí: ‘¡vaya por Dios! ¡qué temor me invade hoy aquí, con lo que me gusta normalmente estar en casa de mi abuela!’ Y a continuación se acercó a la cama y descorrió las cortinas, y allí estaba tumbada la abuela y llevaba su gorro tan calado, que le tapaba toda la cara y se la veía muy rara. «Ay, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!» —«Es para oírte mejor.» — «Ay, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!» — «Es para verte mejor.» — «Ay, abuela, ¡qué manos tan grandes tienes!» — «Es para agarrarte mejor.» — «Pero, abuela, ¡qué boca tan horriblemente grande tienes!» — «¡Es para comerte mejor!» Y a la vez que lo decía, el lobo saltaba de la cama, se tiraba sobre la pobre Caperucita y la devoraba.

Y tras haber conseguido aquel bocado tan suculento, el lobo volvió a tender sobre la cama, se durmió y empezó a roncar de manera estrepitosa. Justo en aquel momento pasaba por allí el cazador y pensó para sí, ‘como puede roncar de este modo la anciana, tengo que entrar a ver’. Así que entró, y cuando llegó a donde estaba la cama, se encontró allí tumbado al lobo al que andaba buscando desde hacía tiempo y pensó: ‘seguro que se ha comido a la abuela, pero a lo mejor todavía estoy a tiempo de salvarla, no dispararé.’ Entonces cogió las tijeras y le abrió la barriga y nada más dar un par de cortes ya vio relucir la caperuza roja y en cuanto abrió un poco más, la niña saltó fuera de la barriga exclamando: «¡Ay, ¡qué asustada estaba, hacía muy oscuro allí dentro de la barriga del lobo!»; y luego también salió viva la abuela de adentro. Entonces la Caperucita cogió un montón de piedras grandes y le llenaron al lobo la barriga con ellas y cuando este despertó, quiso escapar de un salto, pero las piedras eran tan pesadas que se cayó y se mató.

Entonces los tres se pusieron muy contentos, el cazador se cogió la piel del lobo, la abuela se comió el pastel y se bebió el vino que le había llevado la Caperucita, y Caperucita pensó para sus adentros: ‘nunca en tu vida volverás a apartarte del camino y a intérnate sola en el bosque cuando tu madre te lo ha prohibido’.

Otros cuentan que en otra ocasión en la que Caperucita volvió a llevarle a la abuela algo que habían amasado en casa, hubo otro lobo que también le dirigió la palabra y quiso distraerla y sacarla fuera del camino. Pero Caperucita se guardó mucho de hacerlo y siguió derecha su camino y le contó a la abuela que había visto al lobo y que este le había dado los buenos días y la había mirado con ojos muy fieros: «Si no nos hubiéramos encontrado en pleno camino, seguro que me habría comido.» — «Ven —dijo la abuela— vamos a cerrar la puerta con el pestillo para que no pueda entrar.» Al poco rato llamó el lobo a la puerta y dijo: «Ábreme abuela, que soy la Caperucita que te trae pastel.» Ellas se quedaron muy calladas y no abrieron la puerta, mientras el malvado daba vueltas y más vueltas alrededor de la casa y finalmente saltaba a lo alto del tejado con la intención de esperar allí a que la Caperucita se marchara a cas al caer la noche, para seguirla con disimulo y comérsela al amparo de la oscuridad. Pero la abuela se dio cuenta de lo que pretendía y resulta que tenía delante de la casa una tina muy grande de piedra. «Coge el cubo, Caperucita, que ayer estuve haciendo salchichas; ahora tú lleva el agua de cocerlas y échala en la tina de afuera.» Caperucita acarreó agua hasta llenar hasta los bordes la gran tina de piedra. Entonces el olor a salchicha subió hasta la nariz del lobo, que puso a husmear y a mirar hacia abajo, hasta que por fin alargó tanto el cuello, que ya no fue capaz de sujetarse y empezó a resbalarse y se resbaló del tejado y fue a caer dentro de la gran tina de piedra, donde se ahogó. Y Caperucita se pudo marchar a su casa tan segura y contenta.

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