Cuento; El maldito hilado de lino. Versión de los hermanos Grimm de 1812.

Traducción por Helena Cortés Gabaudan.

En tiempos remotos vivía un rey al que no había nada que le gustara más en este mundo que el hilado del lino, de tal manera que la reina y sus hijas tenían que pasarse el día hilando y como él no escuchara el rumor de las ruedas girando, se enojaba muchísimo. En cierta ocasión tuvo que salir de viaje, pero antes de despedirse le dio a la reina un cajón enorme lleno de lino y le dijo: «Tiene que estar hilado para cuando vuelva.» Las princesitas se disgustaron y rompieron a llorar: «Si tenemos que hilar todo eso, tendremos que pasarnos el día sentadas sin podernos levantar ni un momento.» Pero la reina les dijo: «Consolaos, que yo os ayudaré.» Y había en aquel país tres doncellas, especialmente feas, que la primera tenía un labio inferior tan grueso que le colgaba hasta por encima de la barbilla, la segunda tenía el dedo índice d la mano derecha tan gordo y vasto que bien habrían podido sacarse tres dedos de ese solo, y la tercera tenía un pie plano tan grueso y ancho como media artesa de amasar. La reina las mandó llamar, y el día que tenía que regresar el rey las sentó a las tres en hilera en su cuarto, les dio sus propias ruedas de hilar y les mandó que hilaran y también les dijo lo que tenían que contestar a las preguntas del rey. Cuando el rey ya iba llegando a su casa, escuchó desde lejos el murmullo de las ruedas, se alegró sobremanera, y pensó en alabar a sus hijas. Pero cuando entró en el cuarto y vio a aquellas tres feas doncellas, primero se llevó un susto, luego se les acercó y le preguntó a la primera de dónde le venía aquel labio inferior tan horriblemente grueso: «¡De lamer, de lamer!» Y a la segunda que de dónde le venía aquel dedo tan gordo. «De torcer hilo, de torcer hilo y de enroscarlo», y mientras lo decía, hacía correr dos veces el hilo en torno a su dedo. Y finalmente a la tercera, que de dónde vale venía aquel pie plano tan ancho. «De apretar el pedal, de apretar el pedal». Cuando el rey oyó aquello, ordenó a la reina y a las princesas que nunca jamás volvieran a tocar una rueda de hilar y de eses modo se libraron de su tormento.

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