Cuento; El rey león. Versión de los hermanos Grimm de 1812.

Traducción por Helena Cortés Gabaudan.

Un joven príncipe estaba junto a su prometida, y dijo así: «Te voy a dar un anillo y mi retrato, llévalos para recordarme y seme siempre fiel: mi padre está gravemente enfermo y me ha mandado llamar porque me quiere ver antes de morir, pero cuando sea rey te mandaré a buscar para llevarte a casa.» Y tras decir aquello, se marchó a lomos de su caballo y se encontró a su padre que estaba en el lecho de muerte, pero todavía pudo pedirle al príncipe que se casara con una princesa determinada. El príncipe estaba tan apenado, y quería tanto a su padre, que sin pensar bien lo que hacía, le dijo que sí, y al poco rato el anciano rey cerró los ojos y murió. Una vez que el príncipe fue proclamado rey y cuando hubo pasado el tiempo de duelo, tuvo que mantener su palabra y mandó a pedir la mano de la princesa que le habían adjudicado. Entretanto, su primera prometida oyó que el príncipe estaba cortejando a otra, y se disgustó tanto, que el príncipe estaba cortejando a otra, y se disgustó tanto, que casi llegó a morir. Su padre le preguntó por qué estaba tan triste y le dijo que le pidiera lo que quisiera, pues él se lo concedería; la princesa estuvo meditando un momento y luego le pidió once doncellas que fueran iguales a ella, incluso de talla y altura. El rey mandó buscar a las once doncellas por todo el reino y cuando las hubo reunido, la princesa las vistió de cazador, y así misma igual, de tal modo que las doce eran idénticas unas a otras. A continuación, se fue cabalgando en busca del rey, su antiguo prometido, y le pidió para ella y las otras que los tomara a su servicio como cazadores. El rey no la reconoció, y al verlos con tan buena figura, le concedió gustoso el ruego y los tomó a su servicio en la corte.

Pero ocurrió que el rey tenía un león al que nada le permanecía oculto y que sabía todo lo que sucedía en la corte. Y una noche le dijo al rey: «Tú crees que tienes a tu servicio a doce cazadores, pero en realidad son todo doncellas.» El rey no se lo quería creer, así que el león le siguió diciendo: «Manda que esparzan unos pocos guisantes en la antesala de tu habitación: los hombres pisan firme y si caminan por encima de ellos, ninguno se moverá de sitio, pero las doncellas caminan a pasitos menudos y deslizándose, y los guisantes rodarán bajo sus pies.» Al rey le agradó la idea. Pero un criado del rey, que le tenía afecto a los cazadores, había oído aquello, así que corrió a verlos y les dijo: «El león os toma por muchachas y quiere desperdigar guisantes por el suelo para poneros a prueba.» Entonces la princesa ordenó a sus once doncellas que se violentaran cuanto pudieran para pisar los guisantes con fuerza. Cuando a la mañana siguiente estuvieron desperdigados los guisantes, el rey mandó venir a los doce cazadores, pero estos iban caminando con un paso tan firme y seguro, que ni un guisante se movió del sitio. Al llegar la noche, el rey le hizo reproches a su león, y le dijo que le había mentido, pero el león dijo: «Han disimulado, pero prueba a colocar doce ruecas de hilar en la antesala de tu c cuarto y ya verás cuánto se alegran, cosa que no haría ningún hombre.» El rey volvió a hacerle caso al león y mandó colocar las ruecas. Pero el criado le había vuelto a revelar a los cazadores el plan y la princesa ordenó a sus once doncellas que no le dedicaran ni una mirada a las ruecas. Y eso hicieron, y el rey ya no quiso creer al león. Y les fue cogiendo cada vez más afecto a los cazadores, y siempre que iba de caza, tenían que acompañarlo. Hasta que un día que estaban con él en un bosque, llegó a sus oídos la noticia de que la prometida del rey estaba en camino con su séquito y muy pronto llegaría allí. Cuando escuchó aquello la verdadera prometida, cayó desmayada. El rey creyó que le había sucedido algo a su querido cazador, así que corrió a su lado y quiso prestarle ayuda, y cuando le quitó un guante, vio el anillo que le había dado a su primera prometida, y cuando además vio el retrato que colgaba de su cuello, la reconoció y mandó decir a la otra prometida que hiciera el favor de regresar a su reino, pues él ya tenía una esposa, y que cuando uno vuelve a encontrar una llave vieja, ya no necesita la nueva. Así que se celebró la boda, y como el león no había mentido, volvió a recuperar el favor del rey.