Cuento; Hänsel y Gretel. Versión de los hermanos Grimm de 1812.

Traducción por Helena Cortés Gabaudan.

En el lindero de un gran bosque vivía un pobre leñador que no poseía nada ni apenas tenía que llevarse a la boca fuera del pan cotidiano para su mujer y sus dos hijos, Hänsel y Gretel. Pero un buen día, ya ni eso pudo procurarles y no sabía qué hacer para remediar su miseria. Mientras daba vueltas en la cama por la noche, sin poder dormir por la preocupación, su mujer le dijo, «Escucha marido, mañana temprano coge a los niños, dales a cada uno un trozo de pan, y luego condúcelos al bosque, al pleno medio, en donde está más espeso; hazles un fuego y luego márchate y abandónalos, porque ya no podemos alimentarlos.» — «No, mujer —dijo el marido— no me siento capaz de hacer eso, conducir a mis niños queridos a donde están los animales salvajes del bosque, que no tardarán en devorarlos.» — «Si no lo haces —dijo la mujer— nos tendremos que morir todos de hambre.» Y no lo dejó en paz, hasta que al final él accedió.

Pero resultó que los niños estaban todavía despiertos por culpa del hambre y habían oído todo lo que la madre le había dicho al padre. Gretel pensó ‘estoy perdida’ y empezó a llorar desconsolada, pero Hänsel dijo: «Tranquila, Gretel, no te disgustes, que yo sabré como remediar esto.» Y a continuación saltó de la cama, se puso su chaquetilla, abrió la parte inferior de la puerta y se deslizó afuera. Era noche clara de luna y los guijarros blancos brillaban como monedas relucientes. Hänsel se agachó y se llenó hasta arriba el bolsillo de su chaqueta con ellos, tantos como le cabían, y luego regresó a casa: «Consuélate, Gretel, y duerme tranquila», y se volvió a acostar y se durmió.

A la mañana temprano, antes de que saliera el sol, llegó la madre y despertó a ambos: «Levantaos, niños, que nos vamos al bosque, aquí tenéis un trozo de pan cada uno, pero seguid mi consejo y guardadlo para la hora de comer.» Gretel se guardó el pan debajo de su delantal, porque Hänsel tenía los guijarros en el bolsillo, y a continuación se adentraron en el bosque. Al cabo de poco rato, Hänsel se quedó parado y se puso a mirar atrás, a donde estaba la casa, y no paró de repetir aquello una y otra vez. El padre dijo: «Hänsel, ¿qué andas mirando siempre para atrás y parándote?, presta atención y tira para adelante.» — «¡Ay, padre, estoy mirando a mi gatito blanco, que está sentado encima del tejado y parece como si quisiera decirme adiós!» La madre dijo: «¡Pero, tonto, si eso no es tu gato, eso es el sol de la mañana, que brilla por encima de la chimenea!» Pero Hänsel no miraba para ver a su gato, sino que iba arrojando uno a uno los guijarros brillantes de su bolsillo según iban andando por el camino.

Cuando hubieron llegado al medio del bosque, dijo el padre: «Id a recoger leña, niños, que quiero hacer una fogata para que no tengamos frío.» Hänsel y Gretel recogieron leña menuda, un buen montoncito de ella. Luego la prendieron, y cuando ya ardían las llamas muy altas, la madre dijo: «Ahora echaos junto al fuego y dormid, nosotros nos vamos a cortar leña dentro del bosque, esperad aquí a que regresemos a buscaros.»

Hänsel y Gretel se quedaron sentados junto al fuego hasta el mediodía, luego se comieron cada uno su pedazo de pan, y allí siguieron de nuevo hasta el atardecer. Pero padre y madre no aparecieron y nadie iba allí a recogerlos. Cuando ya fue noche cerrada, Gretel empezó a llorar, pero Hänsel le dijo: «Espera un ratito, hasta que haya salido la luna.» Y cuando salió la luna, cogió a Gretel de la mano, y allí estaban los guijarros, como si fueran monedas recién acuñadas, que brillaban mostrándoles el camino. Anduvieron toda la noche, y cuando llegó la mañana, llegaron de nuevo a la casa de su padre. El padre se llevó una alegría al volver a ver a sus hijos, porque los había abandonado de mal grado, y la madre también hizo como si se alegrara, pero en el fondo estaba enfadada.

No mucho tiempo después, volvieron a quedarse sin pan en casa y Hänsel y Gretel oyeron cómo llegada la noche la madre le decía al padre: «Aquel día los niños encontraron el camino de vuelta a casa y yo lo dejé pasar por una vez, pero de nuevo estamos sin nada, ya solo nos queda media hogaza, así que mañana tienes que llevarlos a una parte más profunda del bosque de manera que no puedan volver, de lo contrario estamos perdidos.» Al marido se le hacía muy duro aquello y pensaba para sí que siempre es preferible repartir el último bocado con sus hijos, pero como ya lo había hecho una vez, no podía negarse. Hänsel y Gretel escucharon la conversación de sus padres. Hänsel se levantó y quiso volver a recoger guijarros, pero cuando llegó a la puerta, resulta que su madre la había cerrado. No obstante, consoló a Gretel y le dijo: «Duérmete Gretel, querida, ya verás cómo Dios nos ayuda.»

A la mañana temprano, les dieron su pedacito de pan, aún más pequeño que la vez anterior. Por el camino. Hänsel lo fue desmigajando en su bolsillo, se paraba a menudo e iba echando las migajas al suelo. «¿Qué haces parándote todo el rato, Hänsel, y por qué miras atrás? —dijo el padre—, sigue tu camino.» — «¡Ay, estoy mirando a ver si veo a mi palomita, que está sentada en el tejado y parece que me dice adiós!» — «Anda, tonto —dijo la madre— si eso no es tu palomita, eso es el sol de la mañana que se posa encima de la chimenea.» Pero Hänsel iba desmigajando todo su pan y arrojando las migajas al camino.

La madre les condujo a un lugar mucho más profundo del bosque, un sitio en donde no habían puesto los pies en toda su vida, y les volvió a mandar que se durmieran allí junto al fuego y que al caer la noche ya irían sus padres a por ellos. A llegar el mediodía, Gretel compartió su mendrugo con Hänsel, porque él había desperdigado todo el suyo por el camino. Pasó el mediodía y pasó el atardecer, pero nadie fue a por los pobres niños. Hänsel consoló a Gretel y le dijo: «Espera, cuando salga la luna podré ver las migas de pan que he desperdigado y ellas nos mostrarán el camino a casa.» Y salió la luna, pero cuando Hänsel quiso encontrar las migas, habían desaparecido, los miles de pajarillos del bosque las habían encontrado y picoteado. Hänsel todavía pretendía poder encontrar el camino de vuelta a casa y arrastró a Gretel consigo, pero lo cierto es que muy pronto se extraviaron en medio de la espesura silvestre y estuvieron caminando toda la noche y todo el día, hasta que al fin se quedaron dormidos de fatiga. Y luego todavía caminaron un día más, pero sin encontrar la salida del bosque, y estaban muy hambrientos, porque no tenían nada para comer, fuera de unas pocas bayas del bosque que encontraron por el suelo.

Al tercer día, de nuevo volvieron a caminar hasta el mediodía y así llegaron hasta una casita que por fuera estaba toda hecha de pan y tejada con pastel y cuyas ventanas eran de azúcar blanco. «Pues ahora nos vamos a quedar aquí sentados y vamos a hartarnos de comer —dijo Hänsel— yo quiero comerme el tejado, tú come de las ventanas, Gretel, que son dulces y te gustarán.» Hänsel ya había cogido un buen pedazo de tejado y Gretel un par de vidrios redondos de azúcar de la ventana, y ya estaba partiéndose otro trozo, cuando escucharon una voz muy fina que decía desde dentro de la casa:

«Crujidos, crujidos y chasquidos,

¿quién mordisquea mi tejadillo?»

Hänsel y Gretel se asustaron tanto que dejaron caer al suelo lo que sostenían en la mano, al poco, vieron salir por la puerta a una mujer pequeñita viejísima. Sacudía la cabeza mientras decía: «Hola, hola, niñitos queridos, de dónde habéis salido, venid adentro conmigo y veréis que bien lo pasáis», y les agarró por la mano y los metió dentro de la casa. Allí se encontraron con muy rica comida, leche y tortitas con azúcar, manzanas y nueces, y luego les prepararon dos bonitas camitas en las que Hänsel y Gretel se tendieron creyendo que estaban como en el cielo.

Pero resulta que la vieja era una brujja malvada que andaba buscando niños y que se había construido aquella casita de pan para atraerlos, pero luego, una vez que los tenía en su poder, los mataba, los guisaba y se los comía, y esos eran sus días de fiesta. Y ahora estaba toda contenta de que Hänsel y Gretel hubieran ido a parar a su casa por las buenas. Muy temprano, antes de que se despertaran, ella se levantó, se acercó a las camitas y al verlos durmiendo allí, con un aspecto tan dulce, se alegró mucho y pensó: ‘este sí que va a ser un buen bocado para ti.’ Agarró a Hänsel y lo encerró en un corralito y cuando despertó estaba rodeado de rejas, igual que se encierra a las gallinitas pequeñas, y solo podía dar dos o tres pasos. En cuanto a Gretel, la sacudió para despertarla y le dijo: «Levántate, holgazana, coge agua, ve a la cocina y ponte a preparar un guiso, que allí está tu hermano, metido en un corral, y primero quiero engordarlo, y cuando ya esté bien gordo, me lo comeré, y tú ahora tienes que alimentarlo.» Gretel se asustó y se echó a llorar, pero no tuvo más remedio que hacer lo que la bruja quería. Así que le guisaba a Hänsel la mejor comida cada día, para que se pusiera gordo, pero a Gretel no le tocaba nada, excepto cáscaras de cangrejos, y todos los días llegaba la vieja y decía: «Hänsel, saca fuera tus dedos, para que yo note si ya estarás pronto lo bastante gordo.» Solo que Hänsel siempre sacaba fuera un huesecillo y ella se admiraba de que no engordase nada.

Al cabo de cuatro semanas, una tarde le dijo la bruja a Gretel: «Date prisa y ve a buscar agua, tanto me da si tu hermanito está lo bastante gordo o no, pero yo mañana lo quiero sacrificar y lo quiero cocer, mientras tanto voy a ir preparando la masa para el pan con el que lo voy a acompañar.» Gretel se fue con el corazón encogido y trajo el agua para cocer dentro a Hänsel. Por la mañana temprano, Gretel tuvo que levantarse, preparar el fuego, y colgar el caldero con el agua encima del hogar. «Ahora estate atenta a cuando hierva —dijo la bruja— que yo voy a encender el fuego del horno y a meter dentro el pan». Gretel estaba en medio de la cocina llorando amargamente y pensaba: «¡Cuánto mejor hubiera sido que se nos hubieran comido las fieras del bosque, por lo menos habríamos muerto juntos y no tendríamos que sufrir duelo, ni yo tendría que hacer hervir el agua para la muerte de mi propio hermano! ¡Ah, Dios mío querido, ayuda a estos pobres niños, sácalos de este apuro!»

En aquel momento la vieja gritó: «Gretel, ven en seguida a donde el horno.» Y cuando llegó Gretel, le dijo: «Mira dentro, a ver si ya ha cogido un bonito color el pan y está ya mollar, que mis ojos están débiles y ya no puedo ver tan adentro, y si tú tampoco puedes, entonces te sientas encima de la artesa y yo te empujo adentro, y así tú puedes moverte allí dentro y verlo de cerca.» Pero cuando Gretel estuviera dentro, ella cerraría la puerta y así Gretel se cocería dentro de aquel horno ardiente y luego también a ella se la comería —eso era lo que pensaba la malvada bruja— y para eso había llamado a Gretel. Pero Dios respondió a la súplica de Gretel, y esta dijo: «No sé cómo tengo que hacer, enséñamelo tú primero, siéntate encima, que yo te empujaré adentro.» La vieja se sentó sobre la artesa, y como era muy ligera, Gretel la empujó tan adentro como pudo, y luego cerró rápidamente las puertas y echó el cerrojo de hierro por encima. Entonces la vieja empezó a chillar y a lamentarse dentro del horno caliente, pero Gretel se marchó corriendo, así que tuvo que quemarse allí sin remedio del modo más miserable.

Y Gretel corrió a donde estaba Hänsel, le abrió la puerta y Hänsel pudo saltar fuera, y los dos se besaron llenos de alegría. La casita estaba toda llena de piedras preciosas y de perlas, ambos se llenaron los bolsillos con ellas, se marcharon de allí y encontraron el camino de vuelta a casa. El padre se alegró de volver a verlos, porque no había tenido ni un solo día de dicha desde que sus hijos se habían marchado, y ahora resultaba que además era un hombre rico. En cuanto a la madre, había muerto.

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