Cuento; Muchacha sin manos. Versión de los hermanos Grimm de 1812.

Traducción por Helena Cortés Gabaudan.

Un molinero que era tan pobre que lo único que tenía era su molino y un gran manzano detrás de este, se fue al bosque a por leña. Y allí se le apareció un viejo que le habló así: «¿Para qué tanto esforzarte, si yo te puedo hacer rico?, a cambio, prométeme lo que está ahora detrás de tu molino y yo vendré en tres años a por ello». El molinero pensó, ‘está hablando de mi manzano’, así que le dijo que sí, y se lo prometió al hombre. Y cuando llega a su casa, le dice la mujer: «Molinero, ¿de dónde sale toda esta riqueza que de pronto ha llenado cajas y banastas de nuestra casa?» «Sale de un viejo del bosque, a cambio le he prometido lo que ésta detrás del molino.» — «¡Ay marido —dijo la mujer— esto va a terminar mal, el hombre anciano era el diablo y se refería a nuestra hija, que justo estaba detrás del molino barriendo el patio!»

Y resulta que la hija del molinero era muy bonita y piadosa y al cabo de res años llegó el diablo muy temprano y quiso llevársela, pero ella había trazado con tiza una corona a su alrededor y se había lavado hasta quedar completamente limpia. Así que el diablo no pudo acercare a ella, y le dijo enfadado al molinero: «Quítale toda el agua de lavarse, para que ya no se pueda lavar más y yo tenga poder sobre ella.» El molinero tuvo miedo e hizo lo que le pedía. Al día siguiente volvió el diablo, pero ella había estado llorando sobre sus manos y se había lavado con sus lágrimas y estaba toda limpia; así que tampoco aquella vez pudo acercársele el diablo, sino que se enojó muchísimo y le ordenó al molinero: «Córtale las manos para que pueda hacerme con ella.» Pero el molinero se espantó y respondió: «Cómo voy yo a cortarle las manos a mi niña querida, no, yo eso no lo hago.» «¿Sabes qué te digo?, entonces te llevo a ti mismo, si no lo haces.» Entonces el molinero se asustó muchísimo, y del miedo que tenía le prometió hacer lo que ordenaba. Y fue a donde su hija y le dijo: «Hija mía, el diablo quiere llevarme si no te corto las dos manos, y yo se lo he prometido, te pido que me perdones.» «Padre —dijo ella— haced conmigo lo que queráis», y le alargó sus manos y dejó que se las cortara. El diablo vino por tercera vez, pero ella había estado llorando tanto tiempo y tan fuerte sobre sus dos muñones, que acabo toda limpia, y de nuevo el diablo perdió todo derecho sobre ella.

El molinero, como había conseguido tantos bienes gracias a ella le prometió a su hija que la mantendría, pero resultó que ella no quiso quedarse más tiempo en casa. «Quiero irme de aquí, ya habrá gente compasiva que me dé lo suficiente para poder vivir.» Y mandó que le ataran las dos manos cortadas a la espalda y en cuanto salió el sol se marchó y anduvo y anduvo todo el día, hasta que oscureció, y en eso llegó al jardín de un rey. En el seto que cerraba el jardín había un agujero por el que pudo colarse, y encontró un frutal al que sacudió con todo su cuerpo, y cuando cayeron al suelo las manzanas, ella se agachó y las cogió con sus dientes y se las comió. Así vivió dos días, pero al tercero llegaron los guardas del jardín, la vieron, la tomaron presa y la arrojaron a la prisión, y al día siguiente la llevaron a presencia del rey para que la expulsara del país. «Bah —dijo el hijo del rey— mejor que cuide de las gallinas que andan por el patio.»

Así que se quedó una temporada allí y cuidaba de las gallinas, pero el hijo del rey la veía con frecuencia y empezó a tomarle mucho cariño; y, mientas tanto, llegó el momento en que él debía casarse. Se mandaron emisarios por todos los rincones del mundo con el fin de encontrarle una hermosa esposa. «No necesitáis ir a buscar tan lejos ni mandar a nadie —dijo él— porque yo ya sé de una que está bien cerca.» El viejo rey estuvo venga a pensar y venga a darle vueltas a la cabeza, pero no conseguía recordar ninguna doncella de aquel país que fuera rica y hermosa. «¿Supongo yo que no querrás casarte con esa, con la que cuida las gallinas del patio?» Pero el hijo le explicó que nunca jamás tomaría como esposa a otra, hasta que al final el rey tuvo que ceder y al poco tiempo de eso murió. Su hijo le sucedió en el reinado y vivió durante algún tiempo dichoso con su esposa.

Pero ocurrió que en cierta ocasión el rey tuvo que irse a la guerra, y durante su ausencia su esposa le dio un hermoso hijo, y envió un mensajero con una carta en la que le anunciaba a su esposo la buena nueva. El mensajero se paró a descansar junto a un arroyo y se quedó dormido, y en esas llegó el diablo, que seguía tratando de perjudicar a la muchacha, y cambió la carta por otra que decía que la reina había traído al mundo un monstruo. Cuando el rey leyó la carta se disgustó mucho, pero no obstante escribió en su respuesta que debían tratar bien al niño y a la reina hasta su regreso. El mensajero se marchó con la carta y cuando se paró a descansar en el mismo lugar que antes y se quedó dormido, de nuevo se le acercó el diablo y le metió subrepticiamente otra carta en la que el rey ordenaba expulsar al niño y a la madre del país. Y así tuvo que ser, por mucho que toda la gente llorase de pena: «Yo no bien aquí para ser reina, no tengo suerte ni tampoco la pido, atadme a mi hijo y mis manos a la espalda y así me iré mundo adelante.» Y al caer la tarde llegó a un bosque muy frondoso en el que había una fuente, junto a la que estaba sentado un buen hombre, de avanzada edad. «Tened la bondad —dijo ella— de sostenerme al niño contra mi pecho hasta que haya podido darle de mamar», cosa que el hombre hizo, y luego él le dijo: «Hay allí un árbol muy grueso, ve junto a él y rodea tres veces su tronco con los muñones de tus brazos», y cuando ella lo hubo hecho, le volvieron a crecer las manos. Luego el hombre le mostró una casa: «Vive ahí dentro, y no salgas ni le abras la puerta a nadie que no te lo pida antes tres veces en nombre de Dios.»

Entretanto el rey había regresado a casa y había comprobado cómo había sido engañado. Acompañado por un único sirviente, se marchó lejos de allí, y tras un largo viaje se perdió, siendo ya de noche, precisamente en aquel mismo bosque en el que vivía la reina, aunque él no sabía que la tenía tan cerca. «Allá lejos —dijo el sirviente— brilla una lucecita dentro de una casa, gracias a Dios, allí podremos descansar». — «Ah no —dijo el rey— yo no quiero descansaré antes de hallarla.» Pero el sirviente rogó tanto y se quejó tanto de la fatiga que sentía, que al final el rey cedió por compasión. Cuando llegaron a la casa, la luna brillaba y pudieron ver a la reina asomada a la ventana. «Ay, esa tiene que ser nuestra reina, pues porque esta tiene manos.» Entonces el sirviente pidió alojamiento, pero ella se negó, porque él no había pedido en nombre de Dios. El sirviente ya quería marcharse y buscar otro lugar donde pasar la noche, cuando se acercó el propio rey y dijo: «¡Dejadme entrar, en nombre de Dios!». «No os puedo dejar entrar antes de que me lo hayáis pedido tres veces en nombre de Dios.» Y cuando el rey se lo hubo pedido dos veces más, ella abrió la puerta de la casa, y salió de ella su hijito corriendo, que lo condujo junto a su madre y él la reconoció en seguida como a su amada esposa. Al día siguiente viajaron juntos de vuelta a su país y en cuanto salieron de la casa, esta desapareció a sus espaldas.

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