Cuento: Rapónchigo (Rapunzel). Versión de los hermanos Grimm de 1812.

Traducción por Helena Cortés Gabaudan.

Érase una vez un hombre y una mujer que hacía mucho tiempo que deseaban un hijo sin conseguirlo, hasta que por fin la mujer se halló en estado de buena esperanza. Aquella gente tenía en la parte trasera de su casa una ventanita por la que podían divisar el jardín de un hada, que estaba lleno de flores y de hierbas de todo tipo, solo que nadie era tan osado como para entrar en él. Un buen día, estando la mujer sentada a la ventana aquella, mirando hacia el jardín, vio unos espléndidos brotes de rapónchigo en un arriate y le entraron unas ganas tan grandes de comerlos, sabiendo de sobras que nunca podría obtenerlos, que se desmejoró notablemente y cayó en un estado lamentable. Su marido acabó asustándose y le preguntó el motivo: «Ay, si no consigo comer algunos de esos rapónchigos que crecen en el jardín de detrás de casa, me moriré.» El marido, que la quería mucho, pensó para sí: ‘cueste lo que cueste, tienes que conseguirle algunos’, así que una noche saltó por encima del alto muro y arrancó a toda prisa un manojo de rapónchigos que le llevó a su mujer. La mujer se hizo en el acto con ellos una ensalada y la devoró llena de ansia. Pero le supieron tan bien, tan bien, que al día siguiente tenía el triple de ganas de comerlos. El marido enseguida entendió que no iba a tener paz, así que volvió a saltar al otro jardín, solo que se llevó un susto de muerte porque resultó que estaba allí plantada el hada y le recriminó violentamente por haberse atrevido a entrar en su jardín para robarle. Él se disculpó lo mejor que pudo con lo del embarazo de su mujer y lo peligroso que era negarle algo en su estado, hasta que finalmente el hada le dijo: «Me contentaré y hasta te permitiré llevarte tantos rapónchigos como quieras siempre que me entregues al hijo que lleva ahora dentro tu mujer.» Con el miedo que tenía, el hombre le dijo al hada que sí a todo y cuando su mujer salió de cuentas, en seguida apareció el hada, que llamó a la niña Rapónchigo y se la llevó consigo.

Y Rapónchigo se convirtió en la niña más bella bajo el sol, peor cuando alcanzó los doce años, el hada la encerró en una alta torre que no tenía ni puerta ni escalera, sino únicamente una pequeña ventanita en lo más alto. Cuando el hada quería entrar allí, se ponía debajo de la torre y gritaba:

«Rapónchigo, Rapónchigo,

Déjame tu pelo caer.»

Y resulta que Rapónchigo tenía un cabello espléndido, tan fino como el oro labrado, y cuando el hada le gritaba desde abajo, ella se lo soltaba, lo enroscaba alrededor de uno de los ganchos para las ventanas, y entonces caían veinte varas de cabello bien abajo, hasta donde estaba el hada, que trepaba por ellos hasta arriba.

Pero un día pasaba un joven príncipe por aquel mismo bosque donde se alzaba la torre, divisó la bella Rapónchigo que estaba allá arriba, en su ventana, y la escuchó cantar con una voz tan dulce, que se enamoró perdidamente de ella. Pero como no había puerta en la torre ni tampoco existía una escala lo suficientemente larga como para trepar hasta arriba, se sintió desesperado, pero de todos modos volvía todos los días al bosque, hasta que en cierta ocasión vio llegar al hada y la escuchó gritar:

«Rapónchigo, Rapónchigo

deja tu pelo caer.»

Y de ese modo entendió con qué escala se podía subir hasta la torre. Además, había memorizado bien las palabras que había que decir, así que, al día siguiente, cuando ya había oscurecido, se acercó a la torre y gritó dirigiéndose hacia lo alto:

«Rapónchigo, Rapónchigo,

deja tu pelo caer.»

Y ella se soltó el pelo, y cuando la mata de cabello llegó hasta abajo, él se asió bien fuerte y lo hicieron subir desde arriba.

Al principio Rapónchigo se asustó un poco, pero en seguida le gustó tanto el joven rey, que acordó con él que vendría todos los días y que ella lo haría subir. Y así vivieron muy alegres y divertidos durante un buen tiempo y el hada no se dio cuenta de nada hasta que un día Rapónchigo se dirigió al hada y le dijo: «Dígame usted señora Gothel, ¿cómo es que mis vestidos se me están quedando tan prietos que ya ni me valen?» — «¡Ah desvergonzada —dijo el hada— ¿qué tengo que escuchar?» Y enseguida se dio cuenta de cómo la habían estado engañando y se enojó muchísimo. Y a continuación cogió los cabellos de Rapónchigo, se los enroscó dos vueltas alrededor de su mano izquierda, tomó unas tijeras con la derecha y ris, ras, ris, ras, se los cortó. Después llevó a Rapónchigo a un lugar desierto, en donde tuvo que llevar una triste vida de privaciones y donde a cabo de un tiempo dio a luz a mellizos, un niño y una niña.

Pero aquel mismo día en que echaron de la torre a Rapónchigo, el hada ató los cabellos cortados al gancho de la ventana y cuando el hijo del rey llegó y gritó

«Rapónchigo, Rapónchigo,

deja tu pelo caer»,

el hada hizo caer la mata de pelo, solo que el príncipe se asombró sobremanera cuando en lugar de su amada Rapónchigo a la que se encontró arriba fue al hada. «¿Sabes que te digo? —dijo el hada muy encolerizada— ¡que tú ya nunca jamás volverás a ver a Rapónchigo, malvado!»

Al escuchar aquello, el hijo del rey se sintió tan desesperado que se tiró desde lo alto de la torre. Salvó la vida, peor perdió los dos ojos, y luego vagaba tristemente por el bosque, no comía sino raíces y hierba, y lo único que hacía era llorar y llorar. Algunos años más tarde llegó al lugar desierto en donde vivía miserablemente Rapónchigo con sus dos hijos, y su voz le resultó en seguida y se le echó al cuello. Dos de sus lágrimas cayeron en los ojos de él, que se le aclararon de inmediato, y desde entonces pudo ver de nuevo con ellos igual que antes.

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: